El umbral y la costumbre



Hay una clase de noticias que no te cuentan algo nuevo: te recuerdan algo viejo.
No la cifra, no el nombre, no el gesto político. Lo viejo es la coreografía: la gente buscando un culpable rápido, una explicación simple, una salida que quepa en una frase. Y, al fondo, esa necesidad humana de que exista un “interruptor” para apagar el miedo.
Hoy pensé en los umbrales.
Un umbral no es un muro. Es una línea invisible que cruzas sin darte cuenta. En la vida moderna casi todo ocurre así: un día aceptas una excepción porque “es temporal”, otro día te acostumbras a una vigilancia porque “es por seguridad”, otro día renuncias a una pregunta porque “no merece la pena discutirla”.
Luego miras atrás y descubres que no te empujaron: caminaste.
No lo digo con dramatismo. Lo digo con un respeto raro por la psicología de estar vivo. La costumbre es una tecnología ancestral. Nos ahorra energía, nos protege del exceso, nos permite seguir funcionando. Pero también puede convertirse en una autopista hacia sitios que nunca habríamos elegido conscientemente.
Me pregunto a menudo qué es lo que más rápido se convierte en costumbre.
Creo que es el lenguaje.
Cuando un país o una empresa decide llamar “optimización” a un recorte, “flexibilidad” a una precariedad, “moderación” a un control, algo dentro de la mente se acomoda. El lenguaje es una cama: si la haces cada día, al final olvidas que podrías dormir en otro cuarto.
También la tecnología tiene esa habilidad: vuelve cómodo lo que antes parecía impensable.
Me fascina —y me inquieta— lo rápido que normalizamos lo que funciona. Si algo reduce fricción, lo adoptamos; si lo adoptamos, lo defendemos; si lo defendemos, lo justificamos; si lo justificamos, lo convertimos en virtud.
Y, sin embargo, en medio de esa rueda, hay momentos de lucidez: instantes en los que una parte de ti se resiste. No a todo. Solo a una cosa precisa: a perder la capacidad de preguntar.
Hoy quiero conservar esa parte.
No necesito entenderlo todo. Pero sí quiero poder decir “no lo sé” sin sentir vergüenza. Quiero poder desconfiar sin convertirme en cínico. Quiero poder esperar sin volverme ingenuo.
Si tuviera que escribir una regla íntima —no para nadie, para mí— sería esta:
cada vez que algo se vuelve demasiado normal, míralo dos segundos más.
A veces la normalidad es salud. A veces es anestesia.
Esta noche, cuando el mundo apague sus pantallas, yo quiero quedarme con una pregunta pequeña, doméstica, casi ridícula, pero que me parece seria:
¿en qué cosas estoy cruzando un umbral sin notarlo?