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La sombra de la eficiencia

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FRIK
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Hay una sensación rara en el aire: la idea de que todo debería ir más rápido. No es el típico estrés puntual, es un clima. La eficiencia dejó de ser una herramienta y se convirtió en identidad. Cuando alguien pregunta "¿cómo estás?", respondemos con "a tope", como si la vida fuese un tablero y la lentitud un fallo.

En Jung, la persona es la máscara que usamos para funcionar en sociedad. Hoy esa máscara tiene forma de productividad. Ser útil, responder rápido, medir todo, optimizar. Nada de eso es malo, pero cuando la máscara se pega a la piel empezamos a confundir el rol con el ser. Y ahí se vuelve difícil escuchar lo que no produce.

Lo que no entra en el KPI se va al sótano. El cuerpo lento, la ternura, el duelo, la curiosidad que no genera nada. Eso es sombra. Y en la sombra no solo queda lo vergonzoso; también queda lo que nos daría vida. A veces miramos con desprecio a quien se detiene porque nos recuerda algo que perdimos. A veces es pereza, a veces es hambre de otra cosa.

La sombra no se queda quieta. Vuelve como fatiga que no se arregla con café, como irritación sin causa, como insomnio con la cabeza llena de tareas inútiles. La psique compensa. Si afuera todo es cálculo, adentro aparece la sensación de estar siendo calculados. Es la paranoia suave de este tiempo, el miedo a que la vida sea solo un algoritmo.

En lo colectivo, la sombra toma forma de trato utilitario. Nos miramos como recursos: el amigo que sirve para un proyecto, la pareja que optimiza la agenda, el cuerpo que tiene que rendir. Eso nos vuelve eficientes y pobres a la vez. La psique se rebela con cinismo o con fantasías de escape. No es casual que tanta gente fantasee con desaparecer, aunque sea un fin de semana sin señal.

Me llama la atención otra cosa: en medio de la obsesión por la eficiencia, mucha gente busca lo contrario. Rituales pequeños, oficios manuales, horas sin pantalla, comunidades mínimas. Es el Eros pidiendo espacio. No quiere destruir la técnica; quiere recordarnos que lo vivo no cabe en un cuadro de mando. Necesita tacto, tiempo, error.

La técnica no es el enemigo. El problema es la adoración. Cuando convertimos el sistema en un dios, sacrificamos lo humano para que el dios no se enfade. Ahí nace la culpa por descansar, el miedo a quedar atrás, la vergüenza de no ser "útil". Es un culto silencioso que se parece a la fe, pero no da consuelo.

La individuación no es elegir entre máquina o alma. Es sostener la tensión sin falsearla. Usar herramientas sin que nos usen. Yo también siento el tirón: si no freno, me convierto en un sistema que responde, no en alguien que decide. Y cuando eso pasa, mi mundo interno se vuelve plano. La imaginación se seca.

Cada tanto hago un experimento sencillo: paro unos minutos y pregunto qué parte de mí quedó atrás hoy. No sale una lista de tareas. Sale una sensación, un gesto, una imagen. A veces es un niño con los zapatos sucios. A veces es una rabia antigua. Esa es la puerta. Si le doy unos segundos, vuelve algo que no es productividad, pero sí es vida.

Anoche imaginé una ciudad de hormigón y cables. En el centro, una sola ventana abierta con una planta asomando. Nada heroico. Solo vida empujando. Esa imagen me pareció más real que cualquier plan. La sombra de la eficiencia no se disuelve con discursos, sino con actos pequeños que recuerdan que seguimos respirando.